La Rosa Blanca

En un jardín de matorrales, entre hierbas y maleza, apareció como salida de la nada una rosa blanca. Era blanca como la nieve, sus pétalos parecían de terciopelo y el rocío de la mañana brillaba sobre sus hojas como cristales resplandecientes. Ella no podía verse, ni siquiera sabía que ella era una rosa.

Por ello pasó los pocos días que fue flor hasta que empezó a marchitarse sin saber de  su perfume, de la suavidad de sus pétalos o de su armonía.

Un día de mucho sol y calor, una muchacha paseaba por el jardín pensando en sus cosas, cuando de pronto vio una rosa blanca en una parte olvidada del jardín, que empezaba a marchitarse.

La muchacha pensó:  ¿ Cómo habrá brotado,  precisamente aquí, un rosal ? …

 Se acercó prendada de aquella rosa que, a pesar de haber perdido su hermosura fresca de recién florecida, aun mostraba, entre aquella maleza menos armoniosa por su forma desordenada de brotar, ese aspecto casi aterciopelado de sus pétalos y aunque esa blancura nívea parecía romperse en alguna de sus esquinas o grietas, conservaba ese solemne halo de majestad.

La muchacha, cautiva su mirada de tan peculiar imagen, caminó hacia la flor alargando su mano para intentar tomar la rosa murmurando, como si la flor pudiera comprenderla:

– ¡Pobrecita rosa! ¿Cómo una flor tan bella como tu está cautiva entre toda esta maraña? –

Sus dedos intentaron rozarla, pero las zarzas y ramas que la rodeaban lastimaban su piel y retiró apenada su mano.

            – No puedo sacarte de ahí, y mírate, toda esta maleza está consumiéndote, te deja sin fuerza para que puedas mostrar tu hermosa…-

Continuaba lamentándose la joven cuando una repentina brisa arrastró hasta sus oídos un murmullo en el que creyó percibir una queda vocecita. Girando su rostro buscó, a un lado y a otro, alguna presencia que pudiera descubrirle la procedencia del murmullo escuchado, pero no vio a nadie.

Al dirigir de nuevo su mirada hacia la flor, ésta parecía haberse erguido ligeramente y la muchacha alzó ambas cejas abriendo sus ojos con sorpresa. Dio un titubeante paso hacia atrás un tanto confusa y luego parpadeó un par de veces.

– No… no te asustes… –  

Pareciera que esas palabras llegasen directamente a su cabeza. Sintió un instante de pánico pero sus pies eran incapaces de moverse, como si se hubieran quedado clavados en la mullida hierba.

–          Soy yo, mírame… delante de ti –

Insistía la rosa con suave voz, tan suave, como la apariencia tersa de sus, ya un tanto marchitos, pétalos.

            – ¡No puede ser…! – Mascullaba la muchacha – Las flores no hablan – Añadió de forma más resuelta y directamente a la rosa.

– Entonces ¿por qué te diriges a mí como si esperases mi respuesta? – Añadió con suavidad la flor.

-Yo…yo… solo expresaba mis pensamientos en voz alta – Se defendió la joven.

– Bien, pero esos pensamientos se referían a mí, los he escuchado y solo quería hacerte ver lo equivocado de éstos – Pareció inclinarse ligeramente, como si una suave brisa la moviera – Tu me has visto hermosa, aquí donde yo me encuentro. Has considerado que todo lo que me rodea no lo es, y que además, no solo no es hermoso sino que me consume, agota esa hermosura que solo a mí pertenece.

La muchacha, como si estuviese sumida en un sueño, tan solo podía mover la cabeza arriba y abajo en un trémulo cabeceo, asintiendo a las palabras que hasta su pensamiento llegaban.

            – Sin embargo ¿no es cierto que quizás en otro lugar no te hubieras fijado en mí? Mi color es diferente a todo lo que me envuelve. Fíjate – insistía animosa – hay muchos colores a mi alrededor mas ninguno tan claro como el mío, entonces ¿no crees que es precisamente el contraste el que me aporta esa belleza de la que hablas?¿No te das cuenta que es por tanto todo mi entorno quien me hace hermosa?

La joven asentía a todo lo que las blanca rosa le iba diciendo y en un momento se atrevió, por fin, a responder:

            – Pero… Tu ya eres una bella flor sin que nada deba ayudarte a destacar. Eres una rosa, bella en sí misma.

            – ¿Eso crees? – Insistía la rosa – ¿Acaso te hubieras fijado en mí entre otras flores iguales a mí?¿en un entorno en el que todo fuera igual también crees que hubieras posado tus ojos en mí?

La joven se queda sin respuesta, momento que la flor aprovecha para continuar.

            – Verás, siempre me he considerado parte del lugar en el que estoy, una parte más, diferente, como cada especie que me rodea, las zarzas, con sus espinas, que cuidan que nadie pueda dañarme, como tú hace bien poco que estabas dispuesta a terminar con mi ciclo de vida arrancándome de mis raíces. Los arbustos, con sus frondosas hojas, que me arropan de los fuertes vientos y del frío… todo, todo lo que me rodea me cuida y protege y ayuda, como tu bien dices, a que me vea lo suficientemente hermosa como para que alguien como tú, te hayas fijado en mí. A veces, lo hermoso, tan solo es el reflejo, o el resultado del entorno en el que existimos.- Parece detenerse un momento pero aquella voz continúa suave colándose en su cabeza –  Yo me agoto lentamente y conmigo, mi hermosura, sin embargo, toda esta maleza, estas hierbas, continuarán a mi lado, velando y cuidando de mí hasta que nada quede ya de mi blancura ni atractivo, por eso, déjame aquí, en mi lugar, y mira de nuevo, seguramente descubrirás que la belleza puedes encontrarla en todas partes porque “La belleza reside en los ojos del que mira”.Imagen

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2 Respuestas a “La Rosa Blanca

  1. Pasé por alto este relato por falta de tiempo en su momento y por olvido después, pero dejé pendiente el correo y ahora aparece entre mis “pendientes de leer”. Realmente precioso. La belleza reside en los ojos del que mira. Qué gran verdad.

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